¿Sabes hasta dónde estaba en 2009?

En 2009 tenía a Diego en brazos, en pañales, y a Marina con 2 añitos.

Cada día hacía una hora y cuarto de ida y otro tanto de vuelta para llegar al colegio en el que, además de dar clase a los peques, me había convertido en directora.

Llegaba a casa a las mil, agotada y con una montaña de cosas todavía por hacer.

Y mi marido, ¡ay, mi marido!

Yo creía que no se enteraba de nada de lo que estaba pasando dentro de mí.

Y claro, reventé:

—¡Pues me pienso apuntar a clases de baile!

Y mi marido me miró y me dijo:

—¡Por favor, sí, hazlo!

Y es que estaba todo el día cabreada, llena de ansiedad porque no llegaba a todo.

Realmente, no llegaba a nada.

No disfrutaba de mis hijos, de mis amigos; me tomaba dos ibuprofenos todos los días porque me dolía la cabeza o, peor aún, por si acaso me dolía.

Porque cuando no sabes quién eres ni qué sentido tiene el embolado de vida en el que te has metido, no llegas a nada en condiciones.

Y, por supuesto, la pagaba con él —que hasta ahora es incondicional— y entonces me sentía culpable.

Gritaba a mis hijos —que hasta ahora son maravillosos— y entonces me sentía culpable.

Yo no sabía cómo hacerlo, pero todo mi cuerpo gritaba que así no era, que tenía que haber algo más.

Me estaba destruyendo.

Las clases de baile eran una excusa cualquiera —luego me di cuenta— para tener un rato semanal para mí, para encontrar a Elena.

A la Elena de verdad, la que dice: «¿Pero quién soy realmente y qué quiero en mi vida?».

No a la Elena madre, ni a la Elena directora, ni a la Elena profe, ni a la Elena gruñona, harta, estresada y todo el día corriendo.

No, no.

A Elena, la de verdad.

Y después de las clases de baile vinieron otras cosas, y otras personas, que me hicieron ver formas diferentes de sentir y vivir.

En 2013 nació Bosco, el tercero.

Llegamos a casa del hospital y miré a mi marido: tres hijos, una hipoteca, maestra en un colegio que estaba a 40 minutos de casa...

Y sentí que el círculo se había cerrado.

No sabía que faltaba un trozo hasta que sentí que ese pedacito ya estaba ahí.

Ahora todas las piezas encajaban.

No porque la vida se hubiera vuelto fácil.

La vida traía retos entonces. Los trae ahora. Y seguirá trayéndolos.

Hay alegrías y penas. Personas que llegan y personas que se van. Hay pérdidas, aprendizajes y momentos en los que vuelves a no entender nada.

Pero algo había cambiado.

Empezaba a descubrir que incluso muchas de esas cosas tenían un sentido.

Y que la vida, créeme, es un regalo.

Y eso sucedió.

Eso todavía sucede.

Y entre la Elena que empezó a bailar —claqué, por si te preguntas el qué— y la Elena de ahora, siento que han pasado dos vidas completas.

Algunas te las iré contando...

Porque sigo haciéndome preguntas —tantas que, a veces, me aburro de mí misma—.

De lo que vivimos, de cómo lo vivimos y de cómo nos lo contamos —que muchas veces no tiene nada que ver—.

De lo que repetimos, de lo que es nuestro y de lo que creemos que lo es pero... ¡qué va!

De eso, y de unas cuantas cosas más, te escribo en mis cartas.

Puedes apuntarte a mis cartas o a unas clases de baile.

Lo bueno de mis cartas es que, de momento, son gratis.